La Fundación Secretariado Gitano entregó ayer jueves el premio Solidaridad con G, en su modalidad individual, a Mª Carmen López Arjona fi. Nacida en la localidad cacereña del Valle del Jerte hace 85 años, esta religiosa Hija de Jesús carga, sobre sus hombros, con 61 años de un ministerio dedicado a la promoción de las personas de la comunidad gitana. Hoy, afincada en La Coruña, continúa realizando visitas a familias y labores de alfabetización de adultos y apoyo escolar en el centro cívico de su barrio.
«Soy una religiosa de las Hijas de Jesús, con bastantes años y, sobre todo, con mucha ilusión por trabajar en beneficio de los más necesitados». Con estas palabras se presenta Carmen, quien abandonó desde muy pequeña su Cáceres natal para, tras formarse en Salamanca, aterrizar en Galicia y permanecer allí «hasta que Dios y sus necesidades quieran».

«Salíamos a las calles de Vigo a recoger niños»
Cuando Carmen llegó a Vigo en 1958, se dedicó al colegio y a la escuela de Magisterio que su comunidad regentaba en la ciudad. Sin embargo, el padre de una alumna le abrió los ojos –y el corazón– hacia una realidad que acabaría abordando por completo su vocación como educadora: «Aquel padre se quejaba de la cantidad de niños gitanos desatendidos que había en el barrio, y nos preguntaba si aquello no nos llamaba la atención», reconoce. «Y nos lo hizo saber de una manera tan clara que no pudimos negarnos a hacer algo por ellos». Así, la congregación, consciente de sus capacidades, le ofreció a Carmen la posibilidad de acogerlos en el colegio.
Un proyecto que, poco a poco y con la ayuda de la comunidad, fue creciendo hasta hacer realidad la Escuela Puente. La labor inconmensurable de Carmen es un hecho palpable en las calles de Vigo. Sin embargo, su humildad y su fraternidad traspasan las razones, los premios y las cuentas: «Yo nunca he ido sola; siempre respaldada tanto por mi comunidad, como por otras congregaciones religiosas y voluntarias». Y reconoce estar «orgullosa» porque se haya implicado tanta gente, tanto en Vigo con en La Coruña, «para trabajar con la etnia gitana».

Premio Solidaridad con G
Desde el principio, continúa, «nos volcamos toda mi comunidad con esos niños». A partir del día que les acogimos en nuestro colegio, «los sábados y domingos nos íbamos por Vigo, por toda la ciudad, a recoger niños». Un trabajo que, primeramente, en Vigo, desarrollaban solo con gitanos. Después, en La Coruña, «nos abrimos a todos», señala. «Porque no cabe duda de que queremos la integración, que estén todos juntos».
Este jueves, en su modalidad individual, recoge el premio Solidaridad con G, que otorga la Fundación Secretariado Gitano. Un galardón que, tal y como confiesa, «es un reconocimiento, pero no personalmente, sino a la Iglesia, a nuestra congregación»; porque «fue la congregación la que empezó con todo esto».
Los abandonados: su mejor oración
Cuando le interpelo por Jesús de Nazaret, no tarda en decir lo que, de memoria, vive, siente y cree: «A Él le veo en ellos, y cuando algunas veces me cuesta hacer oración por cualquier motivo, me voy a la calle». Y no solamente a los gitanos, señala, «sino a tantas gentes que necesitan hablar y que les escuches». ¿Y para aquellos que, en medio de la desesperación o a la intemperie de su fe, les cueste creer en sus palabras?, le dejo caer. «Yo veo a Jesús en ellos, entrañado en los niños de la calle. Y yo, encarnada completamente, trato de hacer lo mejor que puedo y que sé». Pero «Él me ayuda mucho, no cabe duda».
A punto de terminar la conversación, le pregunto si, después de tantos años, aún mantiene vivo el amor al que se entregó y por el que ha servido 61 años como consagrada. «¿Enamorada? Tal vez debería de estarlo más, aunque es verdad que he estado volcada en Él todos los días de mi vida y que le sigo abrazando en cada uno de los que abrazo en la calle. Sólo sé que, si empezase a vivir hoy, recomendaría y sería hija de Jesús. No lo cambio por nada».

Cada uno de los 85 años merece la pena
85 años no es nada cuando el amor es para toda la vida. Pero, ¿y el secreto para mantener viva esa llama? Carmen, que no titubea en su fe, reconoce que «está en abandonarse a Jesús, y nada más». Así, «cuando veo alguna dificultad, me digo: que sea Él quien conteste». Cada un de los 85 años, continúa, merece la pena: «Sí, lo digo a gritos, ¡merece la pena! La pena es que la juventud de hoy en día no se lance, porque las llamadas están ahí». Aunque, tal vez, como asevera, somos los cristianos quienes «no alcanzamos a dar el testimonio que debemos». Pero, repite, «con 85 años, yo digo que se puede y que el secreto está en vivir con ilusión y estrenarla todos los días».
Y renueva, sonriendo, una y otra vez: «No hay que mirar los años, sino la disponibilidad» y «el ir donde más nos necesiten; no mirar los años, sino el corazón, que aunque no siempre tiene la misma disposición, ahí está el Señor, con su misericordia, para abrazarnos». Efectivamente, Carmen, con su vida y su testimonio, atestigua que el amor, como el amar, no tiene edad…

Publicado en Alfa y Omega por Carlos González García

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