‘Silencio’, la magnífica película de Scorssese, que se adentra en la oscura duda del alma, que se manifiesta de modo radical cuando aprieta el silencio de Dios, ante la violencia calculada, sin alma, programada y provocadora de martirio, me lleva a aferrarme y a probar, tras el poso preocupante que ha dejado en mi ser, la bella y sana dulzura de las palabras del salmista: “Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor” , proclamadas hoy en la liturgia dominical para nosotros, para todo creyente, consternados como estamos por el drama de tantas existencias cristianas acosadas por la violencia y por el mal sistemático y contumaz. Y suponen una invitación a la espera, al buen ánimo que acepta su cruda realidad y a la valentía consciente.
En este contexto de extrema violencia en el que nos conmovemos en este tiempo presente, con el testimonio de cientos de mártires cristianos, quizá sea conveniente hablar hoy con serenidad a los cristianos que se sienten gente común, buena gente, personas normales; a los ciudadanos cristianos que viven en países civilizados y que pueden llevar una vida normalizada; a esos que siempre ven de forma inquieta que nos olvidemos de ellos, y que siempre hablemos de los más desfavorecidos. Son los ciudadanos cristianos que pagan sus impuestos, que trabajan y se fatigan cada día, que sacan adelante sus familias con mucho esfuerzo, que sufren en silencio, que resuelven sus conflictos con la mayor dignidad posible, que colaboran generosamente para paliar el dolor del mundo, que son amables con quienes se cruzan en los caminos de la vida, que se escandalizan del poder inmisericorde, que ejercitan hasta límites insospechados la paciencia, que cargan con buen corazón con las flaquezas de sus prójimos. Son los hijos buenos de la parábola del Hijo Pródigo. Son las gentes de fe y de esperanza, de sentimientos encontrados y de agonía interna por sus vivencias y sufrimientos en su conciencia, como consecuencia de la incoherencia de los sistemas opresores de este mundo; son los hermanos que sienten una gran impotencia a la hora de crear una vida común ordenada y justa, llena de paz y cordura. Y tantas veces se desmoronan y se cuestionan.
Tú, hermano, que intentas llenar la tierra de paciencia y de concordia, no te sientas mal por no ser un gran protagonista. Continúa dando lo mejor de ti. Espera las palabras de amor y gratitud que un día pronunciará Cristo sobre ti y sobre el pueblo creyente que mantienen la fe y la esperanza. Y vuelve a escuchar hoy, día del Señor, en silencio, estas sabias palabras del salmista: “Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor.”
Déjate también imbuir del espíritu del profeta Isaías: “La vara del opresor, el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebrantaste”. Y ten la certeza de que algún día, que sólo Dios conoce, acabará esa brutal opresión que a todos nos ahoga, que limita cruelmente la dignidad y felicidad del ser humano, y que a tantos, misteriosamente, martiriza.
Y no olvides, hermano afortunado, no puedes éticamente olvidar, que hay muchos otros que están infinitamente peor tú, y que estás invitado, lo estamos, todos los considerados cristianos y gentes normales, a comprender lo que ‘Espiritualidad Ignaciana’ decía el otro día: “No vivimos en ‘parques temáticos’, sino en ciudades donde miles de personas sufren en silencio, muchas veces forzado y agotado. Ignorados por quienes gobiernan e ignorados también, muchas veces, por sus conciudadanos. Francisco llama a ‘restaurar la dignidad de la vida humana en esos contextos’.”
Y escuchemos serenamente a Isaías, que dice: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín.” La alegría es la fuente de los que dan testimonio de Cristo en medio de la noche oscura de la historia, hasta que sea de día, hasta que llegue ese día. Y, así, “desde entonces, dice Mateo, comenzó Jesús a predicar diciendo: ‘Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos’” Esta es nuestra misión y vocación; la de todos los que vivimos sufridamente y con serenidad, en este tiempo. Porque una luz grande nos ha brillado: Cristo Jesús. Demos una respuesta pacífica a la llamada de Francisco a restaurar la dignidad de la vida humana, o lo que es lo mismo a vivir de lleno el Reino de Dios.
¿Qué ha de aportar el nervio cristiano actual a la apuesta papal de restauración de una humanidad desnortada y deshumanizada? San Pablo, en 1 Corintios, nos pone el reto: “Que no haya divisiones entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir.” Aquí está una de las misiones y tareas fundamentales de la Iglesia actual: Vivir con pasión el Mandato del Señor: “Que todos sean UNO, Padre, como Tú en mí y yo en ti.” “Para que el mundo crea”. ¿Cómo van a creer si estamos rotos, desgarrados, desunidos, desgajados de la Vid, cada uno preocupado por su corralito, por su grupo, por su movimiento, por su parroquia?
Recuerda que estamos en el Octavario de Oración por la Unión de los Cristianos, de estos llamados cristianos, que llevamos, parece que falsamente, el nombre de Cristo, tatuado e impreso en nuestras entrañas, como consecuencia de nuestras inmorales divisiones, cuando la humanidad entera nos necesita unidos y llenos de vida nueva.
Tenemos todo el tiempo por delante para orar y trabajar por la unidad y la comunión en la Iglesia. Por crear en ella el ambiento sano y bello que pueda devolvernos la alegría del Evangelio y la pasión por hacer posible el Reino de Dios, unidos también a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Crea Iglesia. Crea Comunión. Colabora a crear un ambiente nuevo en tu comunidad, y no te desgajes del Espíritu de Cristo.

Antonio García Rubio, párroco del Pilar en Madrid

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