La Iglesia y el mundo necesitan hoy hombres y mujeres que se dejen tallar y curtir en el silencio; que se fíen del aliento de Dios; y que confíen en la Palabra de Cristo que sana heridas, abre puertas a nuevos nacimientos, y crea comunión en el seno de un pueblo humilde.
Necesitamos ‘hombres y mujeres imprescindibles’, de esos por los que suspiraba hace años el dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht. Esos que se mantienen en pie entre fuegos cruzados o huracanes, sin asustarse ni esconderse; esos que se arriesgan a conocer el alma humana y no se escandalizan del pecado del mundo; esos pacificados y pacientes que, en la oscuridad de tantas noches, aprenden que la luz se impone a las tinieblas; esos sencillos, humildes, y sin otra pretensión que la de servir sin fallar en los días de tormentas, o de pestes o de asonadas.
Hombres y mujeres de Dios que se mantienen, especialmente en el Adviento, a la espera, y siempre como unos activos a favor del amor, hasta que falte la luna.
Hombres y mujeres que saben, porque han aprendido, como indica el Salmo 71, a esperar, aplastados y amasados por el dolor y por el amor, los días, -que llegarán, pues cada día se asoman a nosotros-, en los que “florecerá la justicia y la paz hasta que falte la luna.”
Estos hombres y mujeres, de Dios y de la humanidad, sueñan, al amanecer de cada día sombrío de este Adviento, a través de las palabras del profeta Isaías 11, con la posibilidad de que se les permita ver: “Habitar al lobo con el cordero, a la pantera tumbarse con el cabrito, al novillo y al león pacer juntos; a un muchacho pequeño pastorearlos…”
Estos hombres y mujeres imprescindibles, ven lo aparentemente imposible; hasta lo pueden hasta diseñar en su oración; lo actualizan en la vida común; pretenden hacerlo trasparente, con el ejemplo de la entrega de sus vidas, para sus compañeros y hermanos; al verlo posible en sus entrañas, tienen el don de hacerlo posible en la vida cotidiana, y también en el sufrimiento mismo de los pobres y los pequeños; lo adelantan al aquí y al ahora; y acaban provocando verdaderos milagros de amor.
Estos hombres y mujeres, que escuchan Palabras de vida, y las trasmitan con convicción profunda, con fuerza, con fidelidad y con fe, son necesarios. Gracias a ellos, el milagro del perdón, del restablecimiento de la justicia, de la concordia y de la paz, se produce para que todos, y especialmente los olvidados y excluidos, contemplen la salvación de Dios, hasta que falte la luna.
Son hombres y mujeres que aprenden, guiados por la mano del Espíritu, a inmolarse en el servicio, a sacrificarse por el bien común y el de los pobres, a ofrecerse, con el olvido de sí, por la comunión y la unidad. Pelean dignamente por aquello que favorece el asombro de la unidad, y que fortalece las relaciones de amor entre cuantos estamos llamados a ser hermanos, y no lobos, para nuestros hermanos y compañeros de camino.
Hombres y mujeres que “no harán daño ni estrago por todo mi monte santo: porque está lleno el país de la ciencia del Señor, como las aguas colman el mar”. Hasta que falte la luna.
“Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, os conceda estar de acuerdo entre vosotros, según Jesucristo, para que unánimes, a una voz, alabéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo”. Aquí, en Romanos 15, se nos muestra una clave y un secreto para este Adviento: El aprendizaje de la Comunión. Aprender a estar de acuerdo entre nosotros, a base de adquirir un solo corazón, y un espíritu de concordia. Y para eso, se ha de cuidar todo lo que presupone la Comunión: El don de unas vidas que se trabajan y se ofrecen, se regalan y se entregan con generosidad. Y, para que amanezca esto nuevo, ha de darse un abandono previo, el del sentido de propiedad privada sobre las vidas dadas. Sólo así volveremos a dejamos sorprender por el Espíritu que todo lo hace nuevo. Hasta que falte la luna.
Quiero resaltar en este segundo domingo de Adviento, para concluir, una denuncia necesaria: Existe últimamente una vuelta exagerada a un pietismo que en nada compromete la vida, y que sólo busca momentos placenteros y aburguesados de pretendida oración. Que nadie se haga ilusiones sobre el futuro de una fe descafeinada. ‘Pan para hoy y hambre para mañana’. Ese modo de vivir la fe supone desviar de nuevo la atención, como tantas veces ha sucedido en la historia de la Iglesia, de lo esencial, del Principio y Fundamento. Y así se está corriendo el riesgo de plantear la evangelización de los jóvenes actuales.
Sólo nos pondrá en la pista de “la verdad que nos hará libres”, el conformar hombres y mujeres de fe, imprescindibles, para este tiempo complejo y sin luz, sin apenas visión del rostro de Dios. Y eso sólo será posible si hacemos lo que nos pide hoy el evangelio de Mateo 3: “Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: “Abrahán es nuestro padre”.
No volvamos a dejar que se nos escape una nueva oportunidad histórica de construir un cristianismo de hondura, provocador y educador de mujeres y hombres nuevos, valientes y conscientes de su vocación y su misión, hasta que falte la luna.
El Adviento es un tiempo de luz para volver nacer, o prepararse, con el Señor que llega, para un nuevo nacimiento. Y todo, hasta que falte la luna. Y, el día que se produzca esa ausencia de la luna, que llegará, seguro que ya entonces nos aparecerá, pues ya está aquí, “el Sol que nace de lo alto”.

Antonio García Rubio, párroco del Pilar de Madrid

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