Querida Silvina:
Desde el 6 de mayo, día de tu Pascua, te estoy recordando pero no he sido capaz de poner palabra a mis sentimientos.
Ahora que se acerca tu 43 cumpleaños quiero felicitarte como tantas otra veces el 29 de este mes, pero ha cambiado el lugar de destino de mi mensaje, ese espacio infinito rebosante de vida plena que es la eternidad, no dudo que muy pegada a Jesús, tu gran amor, y al Dios Padre y Madre en el que pudiste vivir la filiación, el amor, la entrega, la alegría, la felicidad que El te regaló, ahora potenciada sin límites.
Tu Pascua, tantas veces hablada y escrita y por tanto esperada pero nunca deseada, me dejó el corazón con un cúmulo de sentimientos mezclados: honda tristeza por tu ausencia definitiva, pena y dolor también por tus padres, hermanos, comunidad, amigos… ese vacío que se produce en el alma cuando una amiga se va.
Al mismo tiempo experimento paz y consuelo al saberte liberada de tan largo sufrimiento; gozo por haber sido testigo de tu vida joven pero muy fecunda; gratitud por el regalo de tu amistad que hemos disfrutado tanto en nuestra querida Argentina; agradecimiento a Dios que te puso en mi camino desde tus inicios en el noviciado; tu vida siempre llena de energía positiva, de entrega generosa, de sonrisa permanente aún en la enfermedad, me ha estimulado siempre.
Felicidades, Silvina, atesoraste mucha sabiduría en pocos años. Te dejaste hacer y Dios te tomó entera. Y por ese camino misterioso del dolor El te identificó con su Hijo, ahora ya eres plenamente Hija de Jesús;  tu identidad tiene ahora una claridad diáfana, como la de haber sido fecundada desde la entrega en el altar de la enfermedad. Y por eso mismo misteriosamente fecundante.
Ché piva!, celebrá ente tus 43 años en el día sin ocaso; rezá por nosotras ahora que ya gozás de la fiesta del Gran Banquete. Hacé un brindis a la vida infinita… por aquí en varios puntos del planeta levantaremos la copa contigo.

Abrazo hasta la inmensidad!
Maria Luisa Berzosa fi

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