Por Pilar Linde FI
Cada año, al llegar el 2 de abril, celebramos y hacemos memoria de “El Rosarillo”. Tenemos grabada la imagen del retablo y casi podemos repetir de memoria el relato de lo acontecido, hace ya casi 150 años, en aquel día y en aquel lugar: “el lugar de la respuesta y de la fe”, el día en que nacimos en el corazón de la M. Cándida, porque Dios así lo quiso. ¿Se puede decir algo nuevo sobre aquella experiencia primigenia? Y, sobre todo ¿podemos encontrar algo nuevo “en el Rosarillo?
El 2 de abril de 1869, Viernes Santo, Juana Josefa reza ante el altar de la Sagrada Familia. Confieso, sinceramente, que la conjunción de espacio-tiempo de la “inspiración del Rosarillo” siempre me ha descolocado y me ha planteado algunas preguntas: No parece muy lógico ponerse a rezar un Viernes Santo ante una representación de la Sagrada Familia, un misterio de la vida de Jesús propio de la Navidad; ¿Por qué ese día también ponerse ante el altar en el que rezaba frecuentemente? ¿qué atracción podía ejercer en Juana Josefa, por otra parte tan devota de la pasión de Nuestro Señor? ¿qué movían en su interior aquellas imágenes? ¿qué encontraba, pues ya sabemos lo que buscaba?
Hay que volver al Rosarillo y contemplar el retablo de la Sagrada Familia: Todas las miradas del conjunto escultórico miran a Jesús que, pequeño –un niño- y con una cruz en la mano, se convierte en figura central y, a su vez, mira a quien se acerca a rezar ante Él. En Jesús convergen las dos líneas  que dan consistencia y sentido al retablo: en la vertical Jesús queda integrado en el misterio de comunión y amor trinitario, esa Trinidad que mirando al mundo y a sus habitantes dice “Hagamos redención del género humano”; en la horizontal Jesús se enraíza en la tierra, en la historia de esa Humanidad, formando parte de un pueblo, de una familia, “haciéndose un hombre cualquiera”. Jesús: Palabra y anuncio del Padre, confianza, docilidad al Espíritu, encarnación, misión, redención. Jesús, en el centro, en su doble dimensión –divina y humana- es siempre Hijo.
Aquí encuentran respuesta las preguntas y sentido lo acontecido, la inspiración fontal Juana Josefa no sólo la recibe ante el retablo de la Sagrada Familia, la inspiración, sobre todo le llega de él. Allí cristaliza un proceso y se inicia un nuevo camino, allí el rumor de una llamada que ha venido creciendo desde la infancia se hace voz definitiva: fundar una Congregación con el título de Hijas de Jesús, dedicada a la salvación de las almas…”.
Y así la Hija de Jesús está llamada a “procurar amar con toda su persona a Jesús, Dios hecho hombre por amor nuestro, buscando en todo parecerse a Él como un hijo se parece a su padre; y seguir sus huellas hasta la cruz…” (CFI 136). 2 de abril, hay que volver a contemplar el retablo de la Sagrada Familia para aprender a ser Hijas, mirando al Hijo, dejándose mirar por Él.

Por Silvina Pagura FI
Siempre me llamó la atención el altar del Rosarillo y su relación con la experiencia espiritual de la Madre Cándida.
Me pregunté una y otra vez..
Qué supo captar la mirada contemplativa de la Madre Cándida en esa imagen? Qué es capaz de plasmar ese altar que la Madre Cándida se siente subyugada por él al punto de referenciarlo como el momento de la inspiración congregacional?... Una y otra vez he contemplado esta imagen con esas preguntas en mi interior y es eso lo que hoy deseo compartir con ustedes desde mi humilde mirada.
En primer lugar me atrapa la imagen de familia que transmite:
* tan amplia (abuelos, padres, niño, Padre, Hijo y Espíritu Santo)
* tan humana y divina (la Trinidad y toda su familia en esta tierra)
* tan disfuncional y atípica para la época (sabemos los problemas que acarreó la anunciación, el deseo de abandono y repudio de José, y podemos imaginar la reacción de Ana y Joaquín ante su hija)
* tan inclusiva (confluyen lo celestial y lo terrenal, lo humano y lo divino)
* y en medio de todo eso tan centrada en lo esencial (el centro de la escena es Maria y José junto al niño y acompañándolos cada uno desde su lugar el Padre y el Espíritu Santo)

Todo esto, que puede quedar en mera imagen , me pareció un signo tan profético de nuestro carisma en la Iglesia y un llamado claro a aportar desde nuestra espiritualidad a la realidad de hoy.
Además no puedo dejar de olvidar cada vez que lo veo que ese año el 2 de abril era cuaresma, tiempo privilegiado de preparación para la pascua, tiempo sagrado...
Todo esto dan un entorno, una composición de lugar diferente que me sitúa de manera especial ante esta imagen tan querida en sí misma para cada uno de los que compartimos este carisma.
Arriba, presidiendo todo, coronando todo y guiándolo todo está el nombre de Jesús. Me gusta pensar que en el corazón de la Madre Cándida ya estaba esta experiencia y al verla plasmada en el altar se identificó con ella. "El nombre de Jesús nuestro esposo, nuestro padre y nuestro todo" como dice en una de sus cartas. Y esa es nuestra experiencia carismática, Él es nuestro todo, nos identificamos con Él, "como una hija se parece con su padre" y es Él  el que me anima cada mañana a seguir, el que ilumina mi sendero y el que inspira mi caminar, de eso se trató para Cándida María y de eso se sigue tratando para nosotros.
Y ese niño tomado a su cruz, como un signo profético de lo que vendrá, pero sobre todo como una marca indeleble de lo que se trata "una Hija de Jesús sin padecer no puede ser" porque "una hija debe parecerse a su Padre".
Son muchos detalles, que no pretendo detallar en este artículo, pero que a groso modo sí deseaba enumerar para tomar consciencia de aquel 2 de abril que nos vio nacer en la vida del Espíritu como don para la Iglesia.
En mi corazón pasan muchos sentimientos a la hora de rememorarlo, pero sobre todo me invade la gratitud:
* en primer lugar por el corazón dócil de Cándida María que dejó conducirse por el Espíritu, al punto tal, de captar la familiaridad con Dios y con el mundo entero en esa pequeña familia de Nazaret; y de ese modo intentar vivir esta nota tan característica de nuestro carisma: La familiaridad con Dios, el espíritu de familia y sencillez que nos distingue como HIJAS allí donde estemos.
* en segundo lugar, doy gracias también por la profunda mirada de Fe que la envolvía, porque donde simplemente podía verse fracaso (cruz, embarazo de dudosa procedencia, y unos cuantos ángeles intentando coronar de divino la escena) ella supo ver un llamado profundo de Dios que es PADRE, que no abandona - sino que por el contrario - convoca y congrega a otros (Ana y Joaquín) para hacernos sentir que no vamos solos por la vida, sino que Él mismo se hace presente de las maneras más inesperada y cariñosas que un Padre en su creatividad puede mostrar (o acaso no es eso la presencia de los abuelos en nuestra vida?) Siempre me llamó la atención esta imagen de la Sagrada Familia con abuelos incluidos, ya que no es común que los contenga.
* Por último, para terminar ya, quiero expresar también mi gratitud con esta humilde mujer que en su ignorancia nos dejó en herencia su carisma como don para la Iglesia. Hay veces en la vida que sólo la capacidad de arrojarnos con pasión a lo que sentimos con certeza, nos devuelve a la dimensión de hacer posible lo imposible. Y ese arrojo y valentía de Cándida María es lo que permitió que hoy pudiéramos estar hablando de su carisma como don para la Iglesia.
Por eso es un llamado también a lanzarnos a lo imposible, a aquello que puede parecernos insignificante, porque en él puede estar anidando el Espíritu de una manera insospechada y... Quiénes somos nosotros para bloquearle la salida? Pues, ánimo! Estamos llamados a seguir recreando ese primer acto creador, a seguir dejando germinar la primera inspiración. Animémonos a intentar en este tiempo de cambio, no importa cómo sale, no hay fórmulas, lo importante es disponernos y dejarnos conducir, seguros de que Él irá mostrando el camino.
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Argentina

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